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Mintz, Frank
La ideología política del anarquismo español, 1868-1910 de Älvarez JUNCO
Artículo puesto en línea el 10 de diciembre de 2003
última modificación el 26 de abril de 2015
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Madrid, Siglo XXI, 1976, 660 pp;, 12/21 cm.

El trabajo de Älvarez Junco tiene muchas cualidades, como son una lectura fácil, aunque larga; muchas citas que permiten evitar las síntesis abstractas, la localización de las fuentes y un acopio de datos que pueden estimular futuros estudios. Es también importante recalcar que el autor, si bien no aparece como libertario y declara no serlo, sabe desligarse de la influencia marxista leninista que tanto ennegrece el anarquismo en los medios universitarios.

El plan seguido por Älvarez Junco le hace descartar por completo la evolución del movimiento obrero para estudiar varios temas —aunque dentro de ellos hace las puntualizaciones pertinentes— según un esquema que estriba en la filosofía, la crítica social, la visión de la sociedad futura, la organización y las tácticas.

No me convence esta progresión ni tampoco la igualización que se hace al abordar cada capítulo, resultando que al anarcosindicalismo se le dedican 33 páginas, 30 al capítulo sobre Malthus, Darwin, Nietzsche y Stirner y 33 al de la organización económica de la sociedad futura, etc. Claro está que un estudio a fondo del anarcosindicalismo desbordaría las otras corrientes, pero observamos que es la que menos se beneficia del enfoque de Älvarez Junco, si nos situamos en una postura organizacional. Ahora bien, la obra destaca aspectos hasta ahora oscuros a causa de la luz proyectada principalmente sobre el sindicalismo y la pedagogía de Ferrer.

La parte filosófica empieza por la noción de libertad fundada en el ateísmo y en el individuo, y gracias a la presentación del autor nos damos cuenta de que cada valor es ambivalente: el ateísmo y el anticlericalismo dan pie a un culto de la ciencia y al progreso; la afirmación del valor humano provoca el individualismo. 0 mejor dicho, cada exaltación es fuente de sectarismo. Aquí se nota cierta confusión en el autor por cuanto tras habernos avisado que el individualismo anarquista no es antisocial (p. 21), da ejemplos de anarquistas –literarios- totalmente antisociales (p. 159), y dice de paso que Stirner fue representante del individualismo antisocial (p. 146), lo que, si se lee totalmente su obra no parece correcto. De hecho, el problema es profundo y es inseparable del espontaneísmo y de la organización.

Por otra parte, el autor subraya cómo los anarquistas de afirmaciones a rajatabla sobre la inevitabilidad de la revolución y el carácter revolucionario del pueblo (p. 379) pasaban a la necesidad absoluta de la organización —incluso centralizada (p. 386)— de una élite (p. 381), y cuando las masas no seguían dicha organización eran tachadas de imbéciles (p. 382, cita de 1910). Eso me recuerda que en 1948, G. Leval a la pregunta de porqué el anarquismo habia regresado evocaba dos hipótesis : la imbecilidad humana y nuestra falta de método (L’Attività sindacale nella trasformazione sociale Milán, p. 17). Reconozcamos que al lado de estas desviaciones hay dos visiones perfectas : No podemos emanciparnos sin la masa; o con ella nos salvamos o con ella perecemos (Urales), y de haber un grupo de revolucionarios selectos, saldría una nueva casta sacerdotal (A. Lorenzo, p. 383) . Otro mérito del libro es que evidencia defectos comunes al anarquismo y al marxismo, como el alma humana que Proudhon admite y Carlos Marx también (p. 35); la proximidad de la Revolución (p. 111), y las vacilaciones sobre las formas de organización (p. 441).

Ahora bien, Älvarez Junco adolece de mala información o de prejuicios al no profundizar sus comparaciones. El marxísmo también utilizó los atentados, como en abril de 1925, en Bulgaria. La fe, la religiosidad del progreso y de la ciencia son la base del marxismo: basta ver gran parte de las lucubraciones de Engels en el Anti-Dühring ySobre el origen de la familia , sin ser necesario traer a colación los millares de encarcelados y asesinados con el lisenkismo. Por esto me parecen fuera de lugar cierta frases (p. 75, 99) y ligero el decir que un folleto antianarquista de Engels no responde a la exactitud histórica que se va orientando, en general, en sentido opuesto al desafortunado informe que tituló Los bakuninistas en acción (p. 484). En realidad, las conclusiones ideológicas de Engels son falsas o mentirosas. Y así resulta desmoronado uno de los pilares de la propaganda marxista contra el anarquismo .

Continuando brevemente con los temas estudiados por el autor, por ejemplo, el trabajo sacralizado (p. 125), sería interesante saber qué efectos tuvo el folleto de Lafargue sobre El derecho a la pereza . La moral de los militantes va del puritanismo a la busca de los placeres, tanto ayer como hoy, como fundamento de la sociedad futura, lo que no deja de anunciar no pocos conflictos (p 133). Referente a la libertad de la mujer, es ésta reivindicada (p 281) a un nivel proletario acaso más que hoy; en cambio la homosexualidad queda relegada a la vergüenza de la sodomía (p. 292, 307) y la virilidad supone una calidad (p. 299).

Bakunin no rechazó nunca el análisis del capital -común además, a varios autores anteriores como Proudhon, Saint-Simon— y ello contrasta con la información de Älvarez Junco (p. 174) que tiende, a continuación, a resumir la teoría social del anarquismo como una mezcla de liberalismo y de socialismo (p. 180, 231, 235). Esto se repite en cierto módo en la conclusión (p. 583) al no encontrar un nexo entre los pensadores anarquistas. Sorprende que se olvide el autor nada menos que del rechazo del Estado, de la jerarquía y de la autoridad, queriendo así mostrar en el anarquismo una falta de conexión. Lo mismo podría hacerse de cada ideología al descartar lo principal. Dicho sea de pasada, la articulación de la obra habría ganado en lógica al basarse en estos valores.

Ultimos dos puntos fundamentales para mí son la definición del obrero y los primeros sindicatos. Ya la Primera Internacional conoció la postura de los proudhonianos —salvo equivocación mía— que rechazaban la participación de los no obreros (o sea, Marx y Bakunin, por ejemplo). En España se dio también el caso (p. 433), Io que es esencial pensando en la evolución posterior del socialismo y la teoría de Machaewski de que la pequeña burguesía iba a apoderarse de las ideas revolucionarias de los obreros para explotarlos (1906). El desarrollo del sindica- lismo y su rechazo de las huelgas incontroladas (p. 462) para no poner en peligro el nuevo aparato sindical es también típico de la visión de que el sindicalismo es reformista por esencia. Así lo escribía Malatesta en 1907 en Sindicalismo y anarquismo (véase también Syndicalisme, capitalisme même combat, París,Spartacus, 1974).

En conclusión, la obra de Alvarez Junco sugiere mucho y presenta un material importantísimo, aún en gran parte actual tanto en lo positivo como en lo negativo. Es una síntesis muy clara de una kilométrica serie de lecturas.

(Frente Libertario N°70, 1977)

Frank MINTZ


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