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BARRET, Daniel. "Génova 2001: "Globalización", represión... Reflexión, acción..." (1)
Artículo puesto en línea el 26 de febrero de 2008
última modificación el 22 de julio de 2018
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El enorme espacio planetario ha ido convirtiéndose cada vez más en un gran y único mercado, ubicado más por encima que por fuera de las viejas fronteras nacionales. Tal cosa sería imposible si, a su vez, no estuviera acompañada por una redefinición de las formas tradicionales e históricamente conocidas de concebir la política o, en términos más generales, de las diversas formas que las sociedades se han dado para encarar los procesos de decisión colectiva. El mundo como unidad, en la cual dicen que se disuelven los fragmentos estatales que hasta hace un tiempo constituyeron su principal elemento ordenador, pareciera ser ahora la escala de todas las cosas y en él es posible asistir a la emergencia de un cuadro de relaciones de dominación que no por hundir sus raíces en el pasado deja de ser inédito. El mundo se hace más ancho, pero también más ajeno: anchura y ajenidad que quizás puedan definir parcialmente y a los tumbos lo que tirios y troyanos coinciden en designar con inconcientes ligereza y facilidad de palabra como “globalización”; sin importar demasiado que en este término de pretendidas asepsia y neutralidad quede al descubierto que la realidad y las costumbres viajan más rápidamente que un pensamiento que todavía no ha sido capaz de dar cuenta adecuada y cabalmente del fenómeno.

De todos modos, si hay algo indesmentible eso es la acentuación, la impunidad y la soberbia del poder desde todo aquello que está por encima -y ahora también por fuera- de las preocupaciones, las inquietudes, las necesidades y la capacidad de decisión y gestión de la gente común y corriente; aun cuando el marco político de tal cosa se designe a sí mismo como “democracia representativa” y -con un dejo de preocupación filosófica- como “libertad”. En todo caso, será la “libertad” de las grandes potencias para bombardear los objetivos militares o civiles que les apetezcan; la “libertad” de los capitales para desplazarse a su antojo a lo ancho y a lo largo del planeta; la “libertad” del dinero para moverse y multiplicarse de una computadora a la otra a velocidades ultrasónicas; la “libertad” de las empresas transnacionales para instalarse donde les parezca más conveniente y levantar campamento cuando los movimientos convulsivos de la tasa de ganancia lo recomienden. Será la “libertad” de los poderosos para hacer lo que les plazca: llámense Soros, Paribas, Shell o McDonald’s; FMI, BM, ALCA, UE, OTAN, OMC o G8.

Este mundo “globalizado” cuenta ya con su propia y específica contestación, a la que los usos más frecuentados suelen reconocer como movimiento anti-globalizador. Una juventud militante, tan transnacional como los organismos supraestatales y los capitales, se desplaza de un lado a otro para denunciar, molestar, perturbar y, si es posible, también bloquear y desmontar las reuniones de coordinación del poder concentrado y “globalizado”. Este movimiento de nuevo tipo, que contó con múltiples “anunciaciones”, recibió su bautismo de combate en ocasión de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle a finales de 1999, y desde entonces no ha faltado a los “envites” en ninguna de las ocasiones en que los poderes transnacionales se sentaron a la mesa para administrar y distribuir las cuotas y parcelas de su festín. El movimiento se convoca a sí mismo y dice presente en Davos, en Sidney, en Praga, en Quebec o en Barcelona y sus ecos se hacen sentir también en los más diversos puntos del planeta con los estrépitos de lucha de quienes no pudieron estar en los grandes puntos de concentración en el momento mismo de la cita.

Tanto el movimiento como las sucesivas concentraciones contaron desde un principio con un formato pluralista que les confirió, al mismo tiempo, buena parte de su fuerza pero también mucho de su carácter contradictorio y limitado. El movimiento mismo responde a un proceso de búsquedas que se hizo posible a partir de la eclosión del bloque soviético, cuyas organizaciones partidarias, sindicales o estudiantiles constituyeron normalmente el polo ampliamente hegemónico de las grandes campañas a escala mundial, ocultando o mediatizando las expresiones potencialmente alternativas. Desaparecida dicha hegemonía -y la monotonía teórica, política y organizativa que tan funcional le resultara durante décadas-, un multicolor surtido de opciones comenzó a disputar denodadamente las orientaciones básicas de oposición a un escenario histórico “globalizado” y sustancialmente nuevo. En este cuadro de diversidades se hace posible reconocer desde ya un conjunto de raíces sociales múltiples y también un abanico de tendencias que se abre desde aquellos que sólo aspiran a un diálogo “civilizado” con los grandes poderes mundiales hasta quienes exudan orgullosos un insobornable radicalismo anti-estatal y anti-capitalista.

En el seno de este movimiento anti-globalizador se consolida también una tendencia que ya había venido mostrando la hilacha en los años previos: una vigorosa, fermental y rejuvenecida corriente anarquista que se propone y se instituye, sin esperar la autorización de nadie, como su vertiente más enérgica y radical. Esto es parte de un renacimiento más abarcativo todavía del movimiento anarquista internacional que en los últimos años ha visto recuperar su pujanza en España, Italia o Francia; que ha renacido con fuerza en Bolivia, Brasil, Chile o Perú; que se plantea por primera vez en lugares como Turquía, Líbano o Sudáfrica. Al optimismo sin fundamento, que creyó en algún momento que la historia no deparaba más sorpresas fuera del capitalismo y la democracia parlamentaria, le ha sucedido una crisis de desencanto subversivo que también tiene dimensiones planetarias. Además, a la hora de buscar alternativas, es notorio que las revoluciones de talante autoritario ya no convocan la adhesión ingenua y entusiasta de que pudieron gozar hasta hace unos años y los proyectos reformistas están cada vez más comprometidos con ese posibilismo chabacano que consiste en avanzar a la rapidez de un galápago hacia un “capitalismo con rostro humano”. En ese marco, el anarquismo recupera su capacidad de excitar pasiones adormecidas, su elocuencia y su potencial de acción.

Este empuje -como no podía ser de otra manera- ha despertado sospechas, suspicacias y recelos por parte de los actores más diversos y se ha transformado en uno de los objetos preferidos de la calumnia por parte de la gran prensa internacional y de la represión lisa y llana desde las tiendas estatales. Muchos son, a esta altura, los elementos disponibles para abonar la convicción de que el movimiento anarquista está en la mira de los organismos de represión del Estado. Los sucesos de Génova, en ocasión de la reunión cumbre del G8 entre el 20 y el 22 de julio pasados, le han dado mayor virulencia a la reacción histérica que viene incubándose desde un tiempo antes y que apunta a demonizar al movimiento anarquista; a “excusar” por anticipado los atropellos que seguramente se cometerán y ya se están cometiendo en distintos países contra sus locales, sus órganos de prensa y sus militantes; a separar sus diversas expresiones de un movimiento anti-globalizador al que se lo prefiere alejado de las “malas compañías” y tan pulcro, atildado, prolijo, obediente y de buenos modales como las circunstancias lo demanden.

Los sucesos de Génova representaron, en efecto, el punto más alto hasta el momento de una escalada represiva que ya había venido mostrando sus uñas y sus dientes en algunas de las concentraciones previas. En ese sentido, no puede decirse que se haya tratado de un punto de inflexión ni que la saña represiva y la ostentosa brutalidad policial sean exclusivamente atribuibles a las tonalidades fascistoides del gobierno de Silvio Berlusconi. Apaleamientos, gases y prisiones ya los hubo en la señorial y tranquila Praga, se repitieron luego en la bucólica mansedumbre de Gotemburgo y tuvieron su inmediato revival en una Barcelona que de golpe y porrazo recuperaba a su pesar los aromas del franquismo. En todo caso, la peculiaridad de Génova consistió en poner de manifiesto, sin ningún lugar a dudas, que ahora los Estados “globalizados” están dispuestos a subir la apuesta represiva y a hacerse cargo expresamente de la vida y la muerte. Y ya no serán la vida y la muerte “naturales” y de evocaciones estadísticas de las que siempre dispusieron, condenando a la miseria, las enfermedades y el hambre a cientos de millones de personas a lo largo y a lo ancho del planeta: ahora serán la vida y la muerte con el nombre y el apellido de Carlo Giuliani, subastadas a punta de pistola.

Sin embargo, donde quizás sea posible encontrar sí un punto de inflexión es en algunas tácticas de actuación callejera que las fuerzas represivas no habían utilizado hasta ahora como elemento central de “presentación pública”, aunque sí como recurso complementario de combate. Habiendo identificado en lo previo al llamado Black Block como el ala más virulenta de las concentraciones anti-globalización, la policía italiana -y también la de otros países, por lo que se sabe- tomó posiciones infiltrándose en el mismo y provocó por su cuenta toda suerte de desmanes. La operación cubría simultáneamente dos objetivos: por un lado, una vez generados los enfrentamientos -generalmente en los alrededores de las alas llamadas “pacifistas” de la concentración- la policía italiana consideraba llegado el momento de arremeter contra quien fuera; por otra parte, se provocaba una escisión en el propio cuerpo unitario de las concentraciones, haciendo que los mismos grupos reformistas, conservadores e institucionalizados -nucleados en torno al Foro Social de Génova- tomaran por su cuenta el control y la condena de los núcleos más radicalizados y combativos.

No se trata de sustituir aquí un análisis ponderado por un ejercicio paranoico y un delirio persecutorio, pero parece evidente que todo esto estuvo y estará orientado a aislar al movimiento anarquista y a otras corrientes radicales del resto del movimiento anti-globalizador y a separar rápidamente sus propuestas de fondo y sus prácticas de su surtido de consideraciones ideológicas y políticas. Por otro lado, hay sobrados elementos de juicio para concluir que lo ocurrido en Génova no es un episodio aislado sino que tiende a hacerse parte de un estilo de rutina en las operaciones coadyuvadas de los servicios estatales de inteligencia, las fuerzas policiales de enfrentamiento callejero y el personal político más troglodita, con la música de frente y fondo de los grandes medios de comunicación y el seguro auspicio de las corporaciones transnacionales. Génova y el movimiento anti-globalizador resultaron ser del 20 al 22 de julio el laboratorio de experimentación de una estrategia represiva que funciona por coordinación y/o por contagio y que va bastante más allá de esos sucesos; de lo cual nuestro provinciano país ha comenzado a tener ya sus primeros registros.

No es nuestra intención observar en detalle la situación nacional respectiva en este artículo pero tampoco podemos dejar de mencionar -aunque no sea más que al pasar- que en el entorno de los sucesos de Génova pareció arreciar también aquí una cierta prédica anti-anarquista en relación con indagaciones y pesquisas policiales a grupos libertarios por el “escrache” realizado frente al Círculo Militar o por las manifestaciones de repudio frente a la embajada italiana. El propio Ministro de Defensa -un Luis Brezzo que acentúa día a día su perfil cavernícola- le dio a tales disquisiciones un cierto barniz intelectualoide y de persona entendida al hacer referencia a corrientes neo-anarquistas. Y no es posible olvidar, además, que de todo ello dieron debida cuenta los más obsecuentes medios de prensa escrita, radial y televisada.

Los sucesos de Génova imponen, entonces, una instancia de reflexión profunda y abierta, sometiendo a debate primero y a confirmación o revisión después los perfiles, las perspectivas y las prácticas del movimiento anarquista internacional en el escenario considerablemente más amplio del llamado movimiento anti-globalizador y, muy particularmente, en el marco de sus masivas concentraciones de protesta. Sin embargo, es oportuno recordar que no por su espectacularidad mediática y su innegable resonancia pública éste es el único o el más importante de los temas que habrá que transformar en meticuloso objeto de reflexión. Las movilizaciones “globales”, entonces, merecen la importancia que se les ha asignado pero de ningún modo puede admitirse que absorban el horizonte de miras y el campo de preocupación. Por lo pronto, es imprescindible destacar que las instancias “globales” de movilización reclaman su articulación en el marco de una concepción más abarcativa y de un proyecto de acción ideológico-política cuyas bases siguen estando radicadas en los planos locales y donde lo definitorio sigue siendo la capacidad del movimiento anarquista para imbricarse en forma indisoluble con el tejido social de cada país.

Desde nuestro punto de vista, parece claro que el movimiento anti-globalizador ha encontrado la forma de amplificar sus heterogéneas propuestas y demandas haciendo coincidir sus demostraciones con las reuniones de diversos organismos multilaterales, pero ello no puede hacernos olvidar que dichas reuniones muchas veces no constituyen otra cosa que la consagración pública y mediática de decisiones que han sido tomadas antes y en otros lugares. Y ello, por supuesto, mucho menos puede hacer olvidar que el movimiento anti-globalizador no ha encontrado todavía la forma de detener, mediatizar o revertir precisamente muchas de las decisiones que importan y cuya implementación y puesta en práctica no es sujeta a consideración y exposición en las grandes reuniones internacionales. Por ejemplo, los movimientos ecologistas pueden poner todo su empeño en la aprobación multilateral de una suerte de Protocolo de Kyoto más radical y menos lavado del que finalmente se aprobó, pero ello no impedirá que la decisión unilateral del gobierno de los Estados Unidos mantenga intocable por su exclusiva cuenta el 25% de las emisiones de gases tóxicos de efecto invernadero que se producen en el planeta. Por lo tanto, se impone que un análisis cauteloso y quizás menos entusiasta recupere y ponga en primer plano las tramas reales de poder y el cuadro de relaciones de dominación que configuran el mundo “globalizado” de nuestros días. Ese análisis exige tener en cuenta las relaciones articuladas entre lo “global” y lo local, aceptando que los condicionamientos “globales” tienden a acentuarse pero sin descuidar que lo local no es meramente un reflejo inmediato y mecánico de los mismos sino un escenario específico, con sus propias tramas de poder, su propio cuadro de relaciones de dominación, su propia “autonomía” relativa, sus procesos políticos intransferibles y su singular ritmo de desarrollo. Combinar adecuadamente ambos planos es la operación que hoy se nos exige para una redefinición de los perfiles, las perspectivas y las prácticas del movimiento anarquista acorde con los desafíos renovados de nuestro tiempo.

No obstante este recordatorio esencial, lo que aquí nos proponemos es, mucho más modestamente, centrar nuestras urgencias reflexivas sobre la presencia anarquista en las movilizaciones “globales” y sobre el saldo que dejan los recientes acontecimientos de Génova en el nuevo marco represivo a que ya hemos aludido. El flujo movilizativo de los últimos años y el repunte de las tonalidades libertarias que se verifican en el mismo constituyen ciertamente un aliciente, pero también deben ser tomados como un desafío a nuestra creatividad y a nuestra capacidad de ofrecer respuestas renovadas. Ya no parece posible ni suficiente que nos limitemos a ofrecer un surtido de reflejos tradicionalistas y de invocaciones abstractas ni que reduzcamos nuestro libreto detrás de un inconducente y dogmático absolutismo metodológico. No se trata de fundamentar nuestras prácticas a partir de costumbres históricas inviolables ni de limitar nuestra prédica a una mera apelación combativa ni de suponer ciegamente que una determinada herramienta de trabajo sustituye sin más la formulación concreta de un problema y de sus peculiaridades. Se trata sí de encontrar los cursos de acción que nos permitan avanzar en estas condiciones históricas reales y que, a su vez, sepan formar parte de un proyecto revolucionario de largo plazo susceptible de corregirse a sí mismo frente a los cambiantes escenarios y alternativas que seguramente habrán de presentarse de aquí en más.

Desde esa perspectiva es que habrá que reenfocar una temática que nos suena como abrumadoramente conocida pero que se vuelve bastante menos familiar y automática no bien la inscribimos en el contexto que actualmente la escenifica. Hoy, las movilizaciones “globales” nos obligan a repensar, por ejemplo, cuáles son las formas concretas a través de las que se expresa la acción directa, cuáles son sus contenidos en cada circunstancia y cuáles sus agentes protagónicos. Por otra parte, la lógica de enfrentamiento al poder -sin la cual el anarquismo deja de ser tal- también nos reclama que reelaboremos y redefinamos el perfil de sus provocaciones más relevantes y el cómo, el cuándo y, sobre todo, el por qué de sus materializaciones. Otro tanto es necesario hacer con la vieja oposición entre pacifismo y violencia, ubicando cada alternativa -con sus correspondientes matices y combinaciones- en marcos variados que seguramente no acogerán con agrado una rutinaria repetición de fórmulas pretendidamente infalibles y que creen encargarse por sí mismas de resumir y agotar la ética militante.

Los sucesos de Génova -expresivos como fueron de las variantes movilizativas del movimiento anti-globalizador y de sus inflexiones más recientes- abren un campo de sugerencias sobre las que queremos llamar la atención y que habrá que tener en cuenta en la configuración de las orientaciones prácticas y organizativas que se entiendan más adecuadas. Debatir y reflexionar a partir de tales sucesos y transformarlos en experiencia capitalizada es un elemento más, aunque de vital importancia, en el mucho más engorroso proceso de delinear un paradigma revolucionario para el anarquismo del siglo XXI.

Por lo pronto, mantener e incluso acentuar un perfil específico en el contexto del movimiento anti-globalizador y de sus grandes concentraciones parece ser desde ya un objetivo irrenunciable. Es obvio que una cosa es formar parte de las concentraciones callejeras, e incluso de las instancias mediáticas de publicidad y deliberación, y algo bien distinto secundar calladamente las estrategias de quienes sólo aspiran a transformarse en el rostro samaritano y filantrópico del nuevo cuadro mundial de relaciones de dominación. No se trata, por cierto, de permitir ese cerco ideológico y aceptar resignadamente que no tenemos otro papel que engrosar el aburrido coro de grillos de las corrientes reformistas. Pero tampoco se trata de aceptar las maquinaciones de los órganos represivos y limitarnos a jugar el rol de espectáculo involuntario y de excusa para los avasallamientos genéricos. En todo caso, si algo nos demandan las grandes concentraciones callejeras del movimiento anti-globalizador es un esfuerzo creativo -y esto es más fácil decirlo que plasmarlo- que nos permita aparecer como el principal elemento de ruptura, pero teniendo bien claro que lo primero y más importante, ahora y casi seguramente por un buen tiempo más, es romper con la arquitectura militar que se le da a las ciudades “globalizadas” y, sobre todo, romper simbólica y materialmente con el principio de autoridad que está en la base de su episódica pero contundente diagramación.

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