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VALLOTA, Alfredo. "Utopistas"
Artículo puesto en línea el 26 de febrero de 2008
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No debemos calificar de utópico aquello en que todavía no hemos puesto a prueba nuestras fuerzas

Martín Buber

Así como hay palabras que se usan para elogiar, no importa si el calificativo corresponde, como cuando escuchamos al más furibundo dictador hablar de libertad o al más autoritario gobernante de democracia, hay otras que sirven para denostar y descalificar. Utopistas, como anarquista, son de estas últimas.

El carácter negativo de la palabra utopía proviene de Marx y Engels en su lucha política por hacerse del control de la Liga de los Justos, que luego fue La Liga Comunista, que además de ideológica no dejaba de tener su carácter nacionalista, pues pretendía desalojar la influencia de los franceses (Saint-Simon, Proudhon, Fourier) y de los ingleses (Owen) a favor de la alemana encarnada por ellos. En un primer momento, con el calificativo utopista se referían a aquellos sistemas que, según Marx, habían precedido al desarrollo industrial, con la subsiguiente aparición del proletariado y la lucha de clases, por lo que no tenían en cuenta estos factores que hacían obsoletas sus propuestas. El descalificativo tiene, en consecuencia, tanto valor como valor tienen las categorías de proletariado y lucha de clases para interpretar los fenómenos sociales. Posteriormente, lo extendieron para calificar a toda propuesta que no fuera el comunismo estatal marxista o socialismo científico por el que abogaban, pasó a ser el arma más fuerte de la diatriba política, adoptada también por el capitalismo, para descalificar al anarquismo.

Cuando esto sucedió, la argumentación quedó de lado, la ciencia y la verdad pasaron a estar en un solo bando, sin discusión, por principio y en exclusiva. Del otro lado quedaban los utopistas, el engaño, la mentira, no estar a la altura de la historia. De allí en más, utopista, socialismo utópico, anarquista fueron términos que, marxistas y no marxistas, se preocuparon de incorporarlo al insulto y la descalificación política. Veamos si tienen razón.

La utopía es una fantasía, un cuadro de algo que no existe. Pero esto no significa que sea una divagación, sino que es una fantasía que se centra en un punto primordial, es el deseo de algo que no es, pero que debería ser. Es una imagen del deseo, pero no es una veleidad que, surgiendo de las profundidades del inconsciente, busca su autosatisfacción ni tiene que ver con el instinto. Es otro el afán, es un afán suprapersonal, es el afán por la justicia, es el afán por el bienestar colectivo, de realización plena de la vida personal que sólo se puede alcanzar en el colectivo humano, es un afán que rescata la religiosidad que anida en nuestras almas para ponerla al servicio de lo más noble que podemos perseguir. Por eso, la utopía no puede sino partir de una actitud intelectualmente crítica del actual estado de cosas, de este orden absurdo, causa de sufrimiento e insatisfacción, ahondando en la comprensión de lo equivocado para configurar esa imagen del deseo.

Claro es que esta imagen del deseo no es escatológica, no es la consumación de la creación, consumación que proviene de un Hacedor en lo alto que determina el momento del tiempo perfecto. Esta imagen señala la meta de la Voluntad humana consciente, del hacer del hombre, de nuestros humanos esfuerzos por alcanzar un espacio perfecto, (por eso es utopía), el espacio de nuestra convivencia que, sin duda, se acompaña de la transformación del espacio interior que cada uno de nosotros portamos, de nuestro ethos, y por eso es ética. Esa luz, que es la utopía, ilumina la crítica del presente y alumbra el camino a recorrer para alcanzarla. En otras palabras, determina el propósito y también el plan y por eso, la utopía filosóficamente fundada, es realista.

Pero no es realista en el sentido que pretende el marxismo o el capitalismo, que han caído bajo el influjo de la orientación pan-técnica del espíritu y se han doblegado a sus categorías de eficiencia, función, totalidad, dominio. Es realista en el sentido, si lo quieren, mesiánico, de anunciar y proclamar, de señalar cómo fundar una realidad conforme a la idea de felicidad compartida. Por eso utópico se refiere a la Razón, la Voluntad, la Justicia humanas que pretenden armonizar lo discorde, poner en buen lugar a una sociedad desquiciada, sin limitarse a mostrar lo que dialécticamente han desarrollado las condiciones de producción, o las fuerzas del mercado, a las que inexorablemente pareciera que deberíamos someternos.

Esta visión escatológica, marxista o de los abogados del fin de la historia, limita la actividad humana a descubrir lo inevitable, y ser un mero instrumento de lo que está fijado desde toda la eternidad, el triunfo del proletariado, o del mercado. En este sentido, si cabría calificar al utopismo como una escatología, sería una voluntarista y consciente, mientras que los no utópicos estarían enrolados en una escatología necesarista. Bien podríamos decirse que nadie vio como Marx en qué forma tendría lugar el fin de la historia, más claro aún que el Apocalipsis cristiano, ni nadie ha intentado concretarlo de mejor manera que el nuevo orden del capitalismo triunfante.

Salvo que, tanto el marxismo como los neoliberales se olvidaron que, como diría Paul Tillich, entre la realidad y la esperanza, está el abismo y sólo los hombres en pos de una utopía puede construir el puente. La extinción del Estado y el salto de la sociedad del reino de la necesidad al de la libertad, como proclamaba Marx, no se puede hacer apoyados solamente en la realidad científica sino fundamentalmente en pos de una utopía, apoyados en la Razón, la Voluntad y la Solidaridad de todos y cada uno.

Esta convicción es lo que ha permitido que los socialistas utópicos lleguen a la convicción de que los problemas y sus soluciones no pueden reducirse a un denominador común y que todo intento de simplificación, por inteligente y talentosa que sea, es negativa tanto para el conocimiento como para la acción, como bien lo decía Proudhon cuando fue invitado por Marx a establecer una correspondencia de ideas. El gran francés respondió que estaba de acuerdo, pero que de ninguna manera se prestaría a ese ánimo tan alemán, que mostró Lutero, de criticar y desplazar una teología para inmediatamente después reemplazarla por otra, con tantos anatemas, dogmatismos y excomuniones como la anterior. Para Proudhon, como para luego a Kropotkin, la persecución de la utopía necesariamente encierra libertad y diversidad, asociación libre y voluntaria en todos los aspectos, en todos los grados posibles y para los fines más variados. Siempre ha sido un misterio, imposible para mi entender, cómo el camino de la uniformidad pude conducirnos a la diversidad y el de la coacción a la libertad. Engels criticó una vez una fábrica capitalista en la que había un cartel que decía Lasciati ogni autonomia voi ch’entrate, pero luego el marxismo lo adoptó como lema.

Si, por otro lado, atendemos a la sociedad capitalista, lo que observamos es la pobreza de su estructura. Con esto quiero decir que no hay ninguna riqueza en sus agrupaciones colectivas, comunales, sociales. La sociedad capitalista carece de agrupaciones genuinas de habitación, de tareas, de intereses culturales, o espirituales, que a su vez se relacionen e interactúen con otras del mismo tipo en órdenes cada vez de mayor envergadura, que se formen y reformen en su interior, dinámicas, autónomas. La sociedad capitalista salta del individuo a la masa, esa entidad tan amorfa e invertebrada como la sociedad misma que la promueve como agrupamiento. Pero sucede que, a pesar del acentuado hincapié en el individualismo, hay que reconocer que el individuo no vive aislado y es menester que una sociedad rica brinde a esos individuos múltiples y diversas maneras de encontrarse y construir su vida colectiva.

Precisamente el socialismo utópico aspira a una reestructuración de la sociedad, no en forma romántica, intentando revivir la polis griega o los gremios medievales, sino estimulando procesos descentralizadores que den cabida a la enorme riqueza de expresiones que surgen de la vida social, para que las fuerzas del hombre se encaucen por canales creadores y no se agoten en rebeliones y frustraciones generadoras de dispersión y violencia. Contra lo que se piensa, el utopismo no está divorciado de su época ni de su circunstancia, sino que discute, prepara, propone, la futura estructura de la sociedad a partir de lo que tenemos. Es la verdad de mañana, que se dice hoy. Esa verdad es la de la convivencia, donde los seres humanos experimenten, discutan y administren en común las cosas reales de su vida, donde existan verdaderos núcleos de afinidades y verdaderas asociaciones de intereses comunes. Eso no se logra retornando al comunismo agrario primitivo, ni a las agrupaciones de los primeros cristianos, sino con lo que tenemos aquí y ahora a la mano, que nosotros mismos, a veces con enorme miseria y sacrificio, hemos logrado construir.

La utopía piensa el mañana, para materializarlo hoy y por eso es utopía, no anacronismo. Es utopía porque, con palabras de Giordano Bruno, su imagen es la de una esfera sin centro cuya circunferencia, no está en ninguna parte.


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