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MÉNDEZ, Nelson y VALLOTA, Alfredo. "Socialismo libertario: una propuesta para el s. XXI" (1)
Artículo puesto en línea el 27 de febrero de 2008
última modificación el 22 de julio de 2018
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Introducción

El siglo XX fue pródigo respecto al socialismo. No solamente por la multitud de discusiones teóricas al respecto sino porque durante muchas décadas casi la mitad del mundo vivió bajo regímenes en alguna modalidad de socialismo, marxista en la URSS, maoísta en China, vietnamita, socialcristiano en Italia y Chile, socialdemócrata en Alemania y Venezuela, fidelista en Cuba, por citar algunos. De hecho, en Venezuela, durante los 40 años de la llamada democracia de Punto Fijo se vivió bajo alguna modalidad de socialismo, democrático o cristiano. La sola necesidad de hablar de un nuevo socialismo para el siglo XXI señala claramente que todas estas experiencias han resultado en fiasco estrepitoso, aunque de ellas algo positivo siempre puede obtenerse como es la de no repetirlas. Basta para refrendar estos fracasos del socialismo real que mencionamos que el más poderoso régimen

Hoy estos hechos son una moneda corriente, pero no siempre se quiere reconocer que fueron los utópicos quienes vienen diciéndolo hace más de un siglo, mientras que los movimientos reales, capitalistas y socialistas, han desembocado en situaciones macabras y sus catástrofes impensables. Claro que el anarquismo es utópico pero lo es por la manera en que se para frente a la historia y frente a las necesidades de la gente, mirando al futuro y no queriendo ir al futuro mirando para atrás. Fue Proudhon el que estudió en su mayor detalle lo que hoy podemos considerar el fundamento de la autogestión en todas sus formas, Bakunin el que examinó las relaciones entre el individuo y sus ansias de libertad con el Estado defensor de los intereses de los poderosos, Kropotkin el que desarrolló las novedades que la ciencia y la técnica aportan, tanto a favor como en contra, fueron los anarquistas catalanes los que pusieron en práctica las formas más novedosas de organización socio-política del pasado siglo, fue Ricardo Mella el primero que puso en evidencia las debilidades de la democracia parlamentaria representativa, que roba a la gente su soberanía para depositarla en un grupo de gobernantes que a través del Estado dispone de todos los poderes de decisión para usarlos en su beneficio, aunque se autocalifique de Estado revolucionario. Vale aclarar que cuando decimos Estado nos referimos a un conjunto de instituciones, en particular las encargadas de la violencia y la coerción, gestionadas por su propio personal, enmarcadas dentro de un territorio delimitado, que monopoliza el establecimiento de normas para todos los habitantes dentro de su jurisdicción, así como el castigo por su incumplimiento. Esto tiene como consecuencia que la lucha política se haya reducido a la conquista de semejante estructura que es dueña y señora de vida, bienes y acciones de todos quienes bajo su dominio habitan. (Hall e Ikenberry, 1993)

La palabra anarquismo está plagada de una serie de sinónimos peyorativos: desorden, irracionalidad, espontaneísmo, excentricidad, etc. Fue para evitar esta carga emocional negativa que muchos anarquistas optaron por llamarse socialistas libertarios. Pero, si tiene una carga negativa, cabe preguntarse ¿Qué niega el anarquismo? ¿Es una pura negación? Ya vimos que los aportes que el socialismo libertario ha dado no pareciera que fuera puramente negación. Sucede que el anarquismo es una pulsión visceral por la justicia, por la libertad, por la igualdad, que lleva a oponerse a todas las formas que el poder ha mostrado que es capaz de inventar para consolidar modos de sumisión y dominio sobre los seres humanos. Esto es lo que niega, niega todas las formas de poder de uno sobre otros, niega al Estado que es la máxima expresión de ese poder, gran factotum de toda violencia, niega la representación porque el individuo autónomo puede hablar por sí mismo y los únicos que necesitan representantes son los niños, niega el orden que tiene por objeto el sometimiento, como el de las democracias liberales y mucho más los regímenes autoritarios, socialistas o dictaduras. Pero no niega el orden en sí mismo, porque todo sistema anarquista ha sido siempre una compleja y ordenada organización. Sólo que esa ha sido siempre una organización de abajo hacia arriba porque, como decía Proudhon, Poned a San Vicente de Paul en el poder y se hará un dictador. En el socialismo libertario hay un nuevo orden de organización, el único que permite albergar esperanzas para el siglo que comienza. Respecto de las otras opciones, cabe recordar la sentencia de Descartes, es prudente desconfiar de quien nos ha engañado alguna vez, y los otros socialismos lo han hecho más de una vez y durante largo tiempo. Los que se aferran a las viejas estructuras por ignorancia, porque se han beneficiado de ellas o esperan hacerlo o por todas estas razones juntas, siempre lo han de catalogar de desorden. Pero Sócrates fue acusado de desorden, los cínicos lo fueron, los cristianos en su momento lo fueron, los bárbaros lo fueron, los burgueses capitalistas lo fueron, los bolcheviques lo fueron y los anarquistas lo hemos sido siempre. Pero sin duda que es allí donde pareciera estar el comienzo del camino para el socialismo del siglo XXI, si es que la gente busca alguno.

Un camino por transitar...

El socialismo libertario es probablemente la corriente política en torno a la cual ha habido más desinformación o equívocos a la hora de describirla. En lo esencial, es un ideal que preconiza la modificación radical de las actuales formas de organización social, que tanta injusticia, dolor, sufrimiento y miseria acarrean a la mayoría de las personas del mundo, buscando suprimir todas las formas de desigualdad y opresión vigentes, a las que considera responsables de esos males, sin por ello reducir un ápice de la libertad individual. Para lograrlo no propone ninguna receta preconcebida ni ofrece ningún plan ni figura milagrosa. El modo de alcanzarlo es el ejercicio pleno de la libertad de cada uno de nosotros, en un plano de igualdad con todos los demás y anteponiendo la solidaridad a cualquier otro beneficio. Parece sencillo decirlo, y muchos son los que lo dicen, pero alcanzarlo implica una verdadera revolución no sólo en la sociedad sino en cada persona, pues milenios de dominación estatal y autoritaria han hecho perder la esperanza de su concreción y la autonomía que se requiere para concretarlo. Sin embargo no han logrado modificar la conjunción de elementos individuales y sociales que conforman al ser humano, que es donde en definitiva se apoyan los ideales anarquistas.

Se aprecia que esto no tiene nada que ver con adorar e instigar el caos, la muerte y la destrucción, como regularmente se identifica a la anarquía, al punto que la palabra aparece en los diccionarios como sinónimo de desorden, perturbación, confusión. Los anarquistas no van por ahí arrojando bombas a diestra y siniestra, ni les parece ninguna virtud agredir brutalmente a los demás en nombre del resentimiento social o individual, obedeciendo a un líder mesiánico o agitando la bandera de una ideología superior. Su búsqueda es menos estruendosa que la iluminada por la pólvora, pero a la vez es la única que sacude los cimientos de una estructura de dominación que, de tanto soportarla, parece natural, pero no lo es.

Visto su objetivo, no es accidental que la siniestra caricatura del terrorista ácrata esté tan difundida. El Estado y todo tipo de instituciones autoritarias, que han obtenido y obtienen sus prebendas de la desigualdad y de limitar la libertad de cada uno, utilizan cualquier medio a su disposición para presentar la anarquía como una orgía irracional de barullo y asesinato, mientras ellos se asumen como los defensores imprescindibles de la ley y el orden, condiciones para el progreso según la clásica receta positivista. Es lo que cabe esperar de los detentadores de poder, que ninguna supremacía tendrían si el anarquismo se impusiese. La historia muestra como en los últimos 150 años el socialismo libertario ha sido el movimiento que con mayor pasión y solidez argumentativa se ha opuesto a los privilegios de los poderosos y a la degradación de la condición humana de millones de personas derivada de esos privilegios, sin hacer la menor concesión amparada en alguna circunstancia particular ni disculpando de ninguna manera la más mínima debilidad a favor de cualquier estructura de autoridad jerárquica, cualquiera que sea el pretexto con que pretenda justificarse (Para una visión panorámica de su trayectoria histórica, ver “Historia del Anarquismo” en Ateneo Libertario Virtual, 2001).

En la necesidad de afianzar su dominio y la correspondiente sumisión para proseguir sus tropelías, el Estado, los medios masivos de difusión, la educación autoritaria y las diferentes religiones predican de mil maneras, abierta o implícitamente, la obediencia acrítica porque es en ella en la que basan sus ventajas y provechos, ya que no puede haber dominio sin la correspondiente obediencia. En consecuencia, la anarquía ha sido el único y real enemigo contra todo afán de poder y por ello, si es mencionada, se lo hace como sinónimo de destrucción causada por enajenados. En este enfrentamiento, la actitud de los defensores del poder se explica porque, para encumbrar la opresión y el privilegio, es necesario que la libertad y la igualdad, así como la autonomía que de ellas se deriva, se combatan por todos los medios. Precisamente la libertad y la igualdad son los pilares en los que se funda el anarquismo en todas partes y en todos los lugares, más allá de las múltiples variedades que presenta y de la riqueza de sus propuestas. Claro que en esto, así como no todo el que se proclama revolucionario o católico lo es, tampoco el nombre de anarquista que se adjudican o apropian algunos, se corresponde con quienes realmente se adhieren al socialismo libertario. Pero esto, para los anarquistas, poca importancia tiene.

La imagen perversa que se le adosa al anarquismo es bastante añeja y emerge en la época de oro del movimiento socialista libertario – fines del S. XIX y primeras décadas de S. XX – por el obvio temor de los poderes autoritarios ante el avance de su más consecuente antagonista, y renace ahora, al principio del siglo XXI, cuando diversos signos anuncian el resurgimiento del ideal y las prácticas ácratas, orientando las posibles opciones de transformación del socialismo enfrentadas al orden dominador existente. Continúa siendo prioritario para los poderosos ocultar el sentido cierto de lo que el anarquismo es y se propone. Romper con esta mistificación interesadamente atribuida es necesario para quien quiera aproximarse con mente abierta y sin prejuicios a esta expresión de pensamiento y acción radical tan relevante ayer como hoy. El anarquismo es la única propuesta que exige lo que Ortega y Gasset reclamaba para todo pensar, la autonomía, que no es otra cosa que abandonar todo supuesto, prejuicio, opinión preconcebida, autoridad, revelación o vanguardias iluminadoras.

La necesidad impuesta de potestades opresoras está tan arraigada en la mente del ciudadano medio que la anarquía, cuyo significado podemos resumir en falta de autoridad jerárquica, resulta impensable para la mayoría de la gente. Curiosamente, son las mismas personas que admiten que los reglamentos, regulaciones, impuestos, intromisiones, limitaciones y abusos de poder (por nombrar algunos de los efectos de la acción gubernamental) que están obligados a soportar son irritantes, por decir lo menos. Pero sucede que a esa gente se la lleva a pensar que sólo queda aguantar en silencio porque la alternativa de falta de poder, de autoridad y todo el mundo haciendo su propia voluntad sería la anarquía a la que se asocia, falsa y arteramente, con el caos, la destrucción, el acabose. En cambio, el anarquismo persigue la eliminación de cualquier punto de control privilegiado desde donde se gobierne, la desaparición de todo grupo que se asuma como poseedor de algún privilegio para usufructuarlo en beneficio propio sometiendo a los otros. Como alternativa frente a las diferentes formas de gobierno - como la aristocracia, la teocracia, la democracia representativa, la dictadura del proletariado, la monarquía o la tiranía - sostiene la ausencia de gobierno o acracia.

¿Qué es el Anarquismo (también llamado Socialismo Libertario o Acracia)? Es una filosofía social, centrada en un enfoque que concibe a la libertad e igualdad plenas - ejercidas en un marco de solidaridad - como condiciones indispensables para el progreso humano en lo individual y lo colectivo. Esta filosofía ha sido expresión ideológica y política asumida por diversos grupos sociales e individualidades en contextos socio-históricos de todo el planeta, particularmente desde mediados del S. XIX hasta la actualidad. (Méndez y Vallota, 2001. p. 14)

Por miles de años las colectividades humanas vivieron y prosperaron sin Estado ni estructuras de poder jerárquico, como bien lo han confirmado la Historia y la Antropología contemporáneas, al destruir con abundancia de pruebas el mito de que la aparición de las estructuras estatales mejoró las condiciones de vida de las sociedades donde tal hecho ocurrió, lo que ha sido demostrado convincentemente en los trabajos de autores como el antropólogo norteamericano Marvin Harris (1997). Puede que en algún momento de la evolución cultural haya tenido alguna utilidad frente a anteriores modelos de organización de la vida colectiva, como el mando supremo de un individuo poderoso, pero sin duda hoy las desventajas superan con creces las ventajas. Desde el punto de vista teórico, es válido concebir una variedad ilimitada de sociedades posibles sin instituciones de poder autoritario, y no todas ellas serían desagradables. ¡Por el contrario! Cualquier tipo de sociedad anarquista nos ahorraría las terribles distorsiones que generan las estructuras de poder y el Estado, que es su expresión más alta. Lo aparentemente negativo del anarquismo, es decir, la abolición del Estado y de toda forma de poder opresor institucionalizado, se verá equilibrado por lo que viene en su lugar: una sociedad libre y de libre cooperación.

Hay diversas corrientes en el socialismo libertario (de las cuales se encuentra una descripción precisa en http://spa.anarchopedia.org/Escuelas_anarquistas) con ideas diferentes respecto a la organización de una nueva sociedad y cómo llegar a ella. Todas tienen en común la defensa de que la felicidad individual sólo se alcanza con la felicidad colectiva, que el bien propio sólo se realiza si se funda en el bien de todos, que la libertad personal se extiende con la libertad del otro, que los intereses personales no son incompatibles con los intereses de los demás, que el bienestar de cada uno depende del bienestar de las otras personas, que alcanzar los logros que nos propongamos como individuos depende de que los demás y el conjunto también los alcance. Por lo tanto, todas sostienen firmemente que el Estado y las actuales organizaciones dominadoras, que partiendo de una igualdad formal promueven una desigualdad de hecho, deben ser sustituidas por una sociedad sin clases y sin la violencia, directa o encubierta, que hace posible institucionalizar esas diferencias.

Es precisamente debido a su creencia en la libertad con igualdad que el anarquismo se niega a establecer pautas dogmáticas de lo que debe ser y por eso hay tantas variantes que puedan adoptarse. Sólo ofrece modelos posibles que se apoyan en el quehacer del día a día, en el aporte siempre renovado de los miembros del colectivo que responsablemente toman el destino de sus vidas, y las de los otros, en sus manos. De hecho, la organización social anarquista ha existido históricamente en muchos lugares y épocas en el mundo. En el período contemporáneo sucedió en Ucrania en 1919 (Volin, 1977) y en España en 1936 (Peirats, 1976) y en ambos casos hicieron falta feroces represiones y guerras para liquidar esas experiencias, a las que todavía hoy nadie puede negar los éxitos sociales que alcanzaron.

La ausencia de moldes obligatorios ocurre porque el anarquismo rechaza la existencia de un principio único, atemporal, suprahistórico, revelado por algún dios, o ser privilegiado, que ordena y manda sin apelación. Este es el origen etimológico del término anarquía, (an=sin, arje=principio). Es errado interpretarlo como que en cada momento y lugar no haya buenas y malas conductas y actitudes. Lo que busca es que la gente de hoy, con el aporte de las experiencias pasadas, de la historia, pueda tomar sus decisiones y edificar su propio futuro desde un presente dinámico, siempre en renovación. Sólo las personas libres, en diálogo igualitario con todas las personas que son y han sido, podrán construir el camino para alcanzar su bien-estar personal y colectiva. Un bien-estar que, por otra parte, nunca será perfecto porque la humanidad vive esencialmente en devenir, siempre cambiante, con nuevas metas que presentan nuevos problemas que exigen nuevas soluciones, lo que compromete en un esfuerzo constante por crear la vida en colectivo. Para concluir este punto, no puede dejar de indicarse que por encarnizada que haya sido en el pasado y sea en la actualidad la polémica interna dentro del movimiento ácrata, a nadie le cabe atribuirse el monopolio de la «verdad anarquista», pues semejante pretensión dogmática es absolutamente ajena a la esencia del ideal ácrata.

Lo básico del Socialismo Libertario

Muy poca gente parece entender el anarquismo pese a que parte de una idea muy sencilla y clara. Básicamente su mensaje es dirigir nuestras vidas en lugar de que nos manipulen y hacerlo en armonía con los demás. Fue un movimiento que en el pasado alcanzó su mayor fuerza entre los trabajadores, pero que han incorporado también otros oprimidos y explotados en tanto aspiren a liberarse sin dominar o tomar revancha sometiendo a su vez a otros grupos.

No hay nada especialmente complicado ni violento en el socialismo libertario excepto que algo tan elemental como la idea de llamar a cada quien a dirigir la propia vida se transforma en una conducta subversiva puesto que impide, precisamente, la manipulación por los otros, o por alguno de los otros. De ahí las ridículas objeciones que se le oponen, como imagínate el desbarajuste que habría si todo el mundo hiciera lo que quisiera. Para el anarquismo, la fuente de las divisiones sociales está en el Estado, que es la causa que impide vivir una vida plenamente humana, precisamente por la opresión que la concentración de poder político y económico nos someten. ¿Acaso ahora mismo no vivimos en el caos? Millones de personas carecen de ocupación digna, mientras otras están sobrecargadas de trabajo; se labora en empleos por demás repetitivos y rutinarios, muchas veces perniciosos para nosotros, para los demás o para el medio ambiente, que sólo brindan beneficios a un pequeño grupo frente a la indiferencia de una gran mayoría. Esto, que sucede en todo tipo de régimen estatal, cualquiera que sea el ropaje con que se lo cubra ¿No es desordenado e irracional? Y esta universalidad nos lleva a la impotencia, ya que pareciera que nada se puede hacer al respecto. Hay gente que muere de hambre a la vez que se arroja comida al mar o se almacena hasta pudrirse para mantener los precios; malgastamos recursos y contaminamos el aire para que circulen automóviles demasiadas veces ocupados por una sola persona, pues así se beneficia a los dueños de la industria y a los productores del petróleo; el planeta entero está en serio peligro por la destrucción de su atmósfera, que parece inevitable porque protegerla afecta a los intereses de unos pocos; se sacrifica la satisfacción de necesidades primarias a favor de beneficios superfluos o de propaganda que favorecen a los que detentan el poder. La lista de locuras, de situaciones absurdas en la sociedad actual es interminable, generadas precisamente por aquellos que critican al anarquismo como fuente de desorden. ¡Y además se nos pide sacrificar nuestra libertad para promover este desastre cotidiano!

Los supuestos beneficios recibidos a cambio de la existencia del Estado son, en esencia, ilusorios, cuando no dañinos. El cuidado de la salud, la educación, la protección policial, son servicios que funcionan pobremente, pero que sirven para hacernos dependientes del Estado y, lo peor de todo, nos compran por muy poco. Frenan la propia iniciativa de crear una seguridad social autogestionada y enfocada hacia nuestras necesidades, no hacia lo que desde el poder se define como asistencia sanitaria, que siempre deriva en herramienta de sometimiento y que debe agradecerse como regalo generoso. A su vez, la seguridad social, que pagan los asalariados, genera una disponibilidad de dinero de las más importantes en el capitalismo moderno, que se utiliza para explotar a esos mismos trabajadores. El Estado impide que podamos encauzar la educación de nuestros hijos sin someterlos a los designios de los amos de turno, como en Venezuela donde la injerencia castrense en el gobierno impuso una odiosa instrucción premilitar en la educación, lo mismo que sucede en otras latitudes con temas religiosos o con ideologías políticas. En todas partes, los policías más que proteger de los delincuentes son sicarios que vigilan y controlan a la población y muchos ejércitos en países subdesarrollados son fuerzas de ocupación. Cualquier obra que se realiza con dineros públicos se paga muy cara porque, en los costos, se incluyen los enormes sobreprecios que demanda la corrupción. Y así todo.

El anarquismo es ácrata, no apoya la democracia y mucho menos la democracia representativa. La acracia es la ausencia de un gobierno central que asuma el poder. Toda delegación de poder lleva sin falta a la generación de un dominio por parte de los delegados sobre los que delegan. Por ello no acepta la democracia representativa, porque más temprano que tarde los representantes se desprenden de los intereses de sus representados y sólo persiguen su propia conveniencia. Esto es natural, ya que un pequeño grupo de personas, aunque sean elegidos, no puede materialmente decidir sobre todas las cuestiones que hacen a la vida de una sociedad durante un lapso que, mínimo y en el mejor de los casos, dura 5 ó 6 años. Mucho menos cuando el gobierno está en manos de 4 ó 5 personas, o una sola, que decide con omnipotencia y omnisapiencia sobre cualquier asunto.

La autoridad institucionalizada, por su propia naturaleza, sólo puede interferir e imponer cosas en su beneficio. En este sentido, aún pensadores no anarquistas coinciden en que la fuerza de un Estado radica en el peso que la burocracia tiene sobre sus gobernados y es ocioso referirnos a la manera en que el aparato gubernamental, con sus controles, trámites y el requerimiento continuo de permisos y autorizaciones, nos hace la vida miserable con sus contradicciones, exigencias y esterilidad, terminando por transformarnos en siervos que para todo debemos pedir anuencia. Pero claro es que la burocracia sirve también para repartir cargos, favores, contratos, comprar voluntades, siendo por tanto un arma eficiente de desmovilización social en manos de los dueños del Estado, sea capitalista o socialista.

En Latinoamérica apreciamos con toda su crudeza lo que en otras regiones se presenta con menos vigor, más disimulo o mejor propaganda, como es la estrecha relación entre poder económico y poder político. Pese a la tan cacareada libertad de mercados, ningún empresario tiene posibilidad de prosperar si no cuenta con el apoyo gubernamental en lo legislativo, judicial, financiero, o de control social. Por su parte, nadie puede aspirar a asumir la batuta del gobierno sin el soporte de grandes capitales para la subvención de sus pretensiones. En esa situación, el habitante común apenas es un títere al que se sacude cuando hay que avalar con votos, cada 5 ó 6 años, este círculo realmente vicioso. En cambio, gobierno y dueños de la economía deciden día a día la marcha de los asuntos que incumben a todos pero benefician a unos pocos.

Es un principio básico del anarquismo que las personas directamente afectadas son las más indicadas para resolver los asuntos que conciernen a su comunidad, siempre mejor que lo que pueden hacerlo burócratas ávidos de poder o inversionistas ansiosos de rentabilidad. Seguro que los pobladores de un sector urbano pueden imaginarse alguna forma de uso del espacio que impida la destrucción de sus hogares y áreas verdes para construir edificios de oficinas, autopistas o centros comerciales; o que los padres pueden idear junto a sus hijos y los maestros una mejor educación que la recibida del Estado, de los mercaderes escolares privados, de la Iglesia o de cualquier otra ideología con pretensiones de dominación; o que una asociación vecinal autónoma y bien arraigada puede planear la seguridad local con mayor eficiencia que cualquier policía institucionalizada.

Definiciones fundamentales del anarquismo

  • Justificación de la utopía racional y posible de un orden social autogestionario, con democracia directa, sin burocracia autoritaria ni jerarquías permanentes.
  • Cuestionamiento radical al Estado, por ser la expresión máxima de concentración autoritaria del poder; crítica a la delegación de poder en instituciones fijas y sobre-impuestas a la sociedad.
  • Llamada a un cambio revolucionario - producto de la acción directa consciente y organizada de las mayorías – que conduzca a la desaparición inmediata del Estado, reemplazado por una organización social federal de base local.
  • Defensa del internacionalismo y rechazo al concepto de “patria”, en tanto se ligue a la justificación del Estado-nación. (Méndez y Vallota, 2001. p.21

Todo el caos, según el socialismo libertario, deriva de la autoridad opresora y del Estado. Sin clases dirigentes, y su imperativo de mantenernos sometidos, no habría Estado. Sin Estado nos encontraríamos en situación de organizarnos libremente según nuestros propios fines. Ello difícilmente daría base a una sociedad tan absurda como ésta en que nos toca vivir, pues la libre organización resultaría en una sociedad mucho más tranquila y armónica que la actual, cuyo mayor interés es el despojo sistemático, la infelicidad y el exterminio temprano o tardío de la mayoría de sus miembros.

Se corrobora lo que decimos en el informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo / PNUD (2007), documento que pese a su oficioso credo en los progresos alcanzados en los últimos decenios da a conocer datos significativos correspondientes al año 2004, como por ejemplo que 40% de la población mundial (más de dos millardos de personas) debe arreglárselas para subsistir con menos de 2 dólares USA diarios, siendo su ingreso total equivalente a apenas el 5% de los ingresos mundiales anuales; o que las 500 personas mas ricas del planeta suman anualmente -sin tomar en cuenta su previa riqueza en activos- ingresos mayores que los 416 millones más pobres; o que de 2003 a 2008 los activos financieros de los 7,7 millones de «individuos de alta riqueza neta» se estima crecerán de 28 a 41 billones de dólares. Estos hechos, y otros similares llevan a concluir que: “La acumulación de riqueza en el nivel más alto de distribución mundial de ingresos ha sido más impactante que la reducción de la pobreza en el nivel más bajo” (PNUD, 2007. p. 269). Estas gravísimas desigualdades resultan de un planeta cuyo régimen socio-político es mayoritariamente estatal y no ha logrado revertirse ni modificarse a pesar de todos los modelos de Estado que se han ensayado en el siglo XX.

Los no tan fríos números, porque generan en las personas sensibles un incontenible sentimiento de indignación, llevan a una conclusión inexorable: la brecha creciente entre ricos y pobres es tan enorme que podemos afirmar, por brutal que esto parezca, que un alto porcentaje de la población mundial queda excluida de toda posibilidad no ya de bienestar sino de sobrevivir, y en ese grupo están la mayoría de los latinoamericanos. No hay duda que, como diría el Hamlet de Shakespeare, algo está podrido pero no sólo en Dinamarca, sino en el mundo entero. Suponer que tal situación puede empeorar porque la gente tome el control de sus asuntos en sus manos es una afirmación sin fundamento, en especial cuando todas las otras opciones han fracasado.

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