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VALLOTA, Alfredo. "Socialismo libertario"
Artículo puesto en línea el 27 de febrero de 2008
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Conferencia dictada en la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, el 3 de noviembre de 2005, en el marco de un foro convocado para el debate sobre el socialismo en el Siglo XXI.

Quiero comenzar agradeciendo con cierto dolor el que me hayan invitado a dar esta charla. Digo con cierto dolor porque la sociedad en general y la universidad en particular parecemos esos tranvías que andaban por una vía fija, a los que la corriente les viene de arriba. Esta charla, que la universidad debería haber desarrollado desde hace muchos años, surge porque a alguien desde el poder, en una meditación del alba, se le ocurrió que ahora somos socialistas, como antes éramos bolivarianos-marxistas-cristianos (las tres raíces). El dolor es porque esta preocupación va a durar hasta que nos digan que somos musulmanes fundamentalistas y entonces la conferencia sea sobre la revelación coránica, o nos definamos como santeros y estudiemos al sincretismo babalao. Esto es señal que algo anda mal en La Casa Que Vence La Sombra, si su Escuela de Filosofía necesita que desde los cuarteles la iluminen en los temas que ha de tratar. Pero en fin, soy invitado, no formo parte de la casa y dejo sentada solamente una opinión de alguien que está de visita, realizando tareas transitorias y supernumerarias.

La preocupación tiene un fundamento en la charla de hoy, porque siendo autónomos, la marcha que guían los intereses de quienes la conforman, que son la mayoría de ustedes, debe surgir de ustedes. De ustedes es la responsabilidad de adónde la conducen. Y tiene que ver porque la autonomía y la estructura universitaria, tal como rige en casi toda Latinoamérica, excepto probablemente en ciertas modalidades venezolanas y definitivamente no en Cuba, es precisamente resultado de la propuesta de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918, nacida de y claramente identificada con el anarquismo. Y, tal como he mostrado en otras oportunidades, muchos de los fracasos de la universidad venezolana se deben a que una institución de espíritu libertario se haya sometido durante años al espíritu autoritario, primero del marxismo y ahora no sabemos bien de qué, lo que generó una contradicción interna que la paralizó, como lo muestran estos comentarios. La universidad en lugar de creativa se ha hecho reactiva.

Decíamos entonces que, por razones mediáticas, estamos ahora embarcados en una de discutir socialismo. Y digo mediática, porque no sé realmente en qué medida es una urgencia sentida por todos los habitantes o es una corriente de tranvía, que viene de arriba. Especialmente porque venimos de años de socialismo, más o menos recortado, democrático o cristiano, que no mostraron ser solución y nos llevaron al liberalismo. Además, los partidos socialistas que han sobrevivido con ese nombre, como el MAS, el PCV o el MEP, han dado más pena que gloria. Eso en nuestro territorio, no hablemos de otros ejemplos como la Unión Soviética y su Imperio comunista, o China ahora en el Gran Viraje, Pol Pot y sus matanzas. El que se califique de “Socialismo del Siglo XXI” es un slogan, porque no se avizora ninguna posibilidad de que mejore lo que fue ni es alimentado desde la gente.

Y esto debe hacernos caer en cuenta de lo que sin duda es la crisis de la llamada izquierda política, especialmente entre nosotros. Digo entre nosotros, porque en Venezuela la izquierda estuvo siempre principalmente asociada al marxismo-leninismo y sus aledaños, que es lo que realmente está en crisis, no la izquierda. Pareciera que desde que cayó el Muro de Berlín, y por lo que sabemos de Cuba o Nicaragua, a los izquierdistas venezolanos les quedaron como alternativas cuadrarse con alguna forma de poder, cualquiera que sea, o sentarse a hablar tonterías repitiendo los mismos refranes de la guerra fría que ya pasó y en la que el capitalismo quedó triunfante, como hablar del imperio, la CIA, los atentados, la soberanía, burlarse de las torpezas de la gente o cuadrase con cualquier dictador, actor de cine, filósofo o economista que diga algo anti-gringo. La muestra es el argumento del Primer Socialista cuando afirma que Halloween es una muestra de terrorismo gringo para asustar a los niños del mundo. ¿Y los Diablos de Yare? Lamentablemente, detrás de esta verborrea, son capitalistas salvajes maquillados para quienes lo importante es quién y cómo se aprovecha de los reales del petróleo, repartirse el pastel. Fuera de la retórica, nada de hacer cuestión del orden público, ni de los marginados, ni de la pérdida de libertades, ni de la burocratización, ni de la degradación de las condiciones de vida, ni del futuro, ni de la calidad de vida que aspiramos, ni de la educación ni de la corrupción, ni del despilfarro de miles de millones. No en vano los dirigentes de este socialismo, se reúnen con empresarios en París y Roma, viajan a EE.UU. y China, hacen amistad y negocios con las transnacionales, pero no van a un partido de béisbol, como vimos al padre y madre de Bush en la Serie Mundial.

Independientemente de que estemos reunidos para hablar del socialismo convocados por una iniciativa de la oligarquía militar que nos gobierna, es también necesario aclarar que lo que sucede entre nosotros no es lo que sucede en otras partes del mundo, donde estas preocupaciones si parecieran tener importancia y futuro porque provienen de inquietudes de la gente y no de la electricidad que puede dar el gobierno para entretenernos con esta chupeta ideológica, que harán morir cuando se les ocurra, como hicieron con los círculos bolivarianos o la democracia participativa y protagónica. Y en este renacer de las inquietudes sociales por configurar nuevos futuros, en los que el pasado del marxismo-leninismo dejó un fracaso irremediable, sucede que lo que esos marxistas llamaron peyorativamente socialismo utópico, y que Proudhon, con buen ojo mediático, llamó anarquistas, y que luego con las persecuciones pasaron a llamarse socialismo libertario, tiene cada vez un espacio mayor y convoca las mejores iniciativas. Para muestra, el anarquismo es el que lidera las críticas más duras contra la globalización económica, nombre del dominio de los grandes capitales, no precisamente del Emperador Bush como se nos quiere hacer creer.

La razón es que la situación ha cambiado en el planeta. El capitalismo privado, para muchos el gran enemigo, ha cambiado y no es el del siglo XIX que pintaba Marx. El capitalismo de Estado ha mostrado el fracaso estrepitoso en resolver los problemas de la gente, tanto en la URSS como en toda Latinoamérica. Hemos tenido dos guerras mundiales, una guerra fría (que muchos parecieran creer que todavía no ha terminado), miles de guerras locales, el holocausto nazi nada tiene que envidiar al Gulag soviético, las masacres de Videla y Pinochet son mínimas comparadas con las de Pol Pot, el neoliberalismo se ha extendido con su secuela de miseria y hambre, aunque en ningún país han muerto en un año 80 millones de personas de hambre como en la China comunista de Mao, las comunicaciones y la cultura se han globalizado. Han cambiado las circunstancias, y para crear las bases a una sociedad libre e igualitaria es necesario cambiar las armas y el perfil de los actores. ¿Serán bolivarianos del siglo XIX, marxistas leninistas del XX y cristianos del 0 los que lo hagan, especialmente si son militares? No pareciera, quizás sean anarquistas.

Nadie en la izquierda pareciera que lo pudiera hacer sino el socialismo libertario, ese que Marx calificó de socialismo utópico, porque el suyo era científico. Porque si hay algo innegable es que la izquierda tradicional, democrática o leninista, si no es miope es cómplice de los poderosos. Y no tenemos que ir muy lejos para ver los festejos de los negocios transnacionales petroleros con el éxito de la revolución bolivariana, ver la persecución ideológica, las cárceles hacinadas de presos que para el anarquismo no hay diferencias entre políticos o no políticos, el hambre y la limosna reemplazando al derecho. Pero como el anarquismo ha sido tradicionalmente una ocupación menor, ahora se sorprenden cuando descubren la autogestión, el cooperativismo, la federalización, la descentralización, los derechos humanos, la defensa de las minorías, el rechazo a los privilegios, la igualdad y la solidaridad, banderas que el anarquismo ha portado desde hace decenas de años. Luego, una propuesta que dio tamaño alimento a las conquistas del bienestar, entonces pareciera que algo tiene que vale la pena ver.

Esto pone de manifiesto que el carácter negativo que Marx intentó adosarle cuando lo calificó de utópico, no le cuadra al anarquismo. Fue Proudhon el que estudió en su mayor detalle lo que hoy podemos considerar el fundamento de la autogestión en todas sus formas, Bakunin el que examinó las relaciones entre el individuo, sus ansias de libertad y el Estado representante de la oligarquías de los poderosos, Kropotkin el que desarrolló las novedades que la ciencia y la técnica aportan, tanto a favor como en contra y fueron los anarquistas catalanes los que pusieron en práctica las formas más novedosas de organización socio-política del pasado siglo. Fue el anarquismo, como con Ricardo Mella, el primero que puso en evidencia las debilidades de la democracia parlamentaria representativa por robar a la gente su soberanía para depositarla en un grupo de políticos profesionales que dispone de todos los poderes de decisión, aunque se autocalifique de revolucionaria, para ofrecerlos al mejor postor. Hoy estos hechos son una moneda corriente, pero no siempre se quiere reconocer que fueron los utópicos quienes vienen diciéndolo hace más de un siglo, mientras que los movimientos reales, capitalistas y socialistas, han desembocado en utopías macabras, porque sus catástrofes eran inimaginables. Claro que el anarquismo es utópico pero, como lo he mostrado en otra oportunidad, lo es por la manera en que se para frente a la historia y frente a las necesidades de la gente, mirando al futuro y no queriendo ir al futuro mirando para atrás.

La palabra anarquismo está plagada de una serie de sinónimos peyorativos: desorden, irracionalidad, espontaneísmo, excentricidad, etc. Fue para evitar esta carga emocional negativa que muchos anarquistas optaron por llamarse socialistas libertarios. Pero, si tiene una carga negativa, cabe preguntarse ¿Qué niega el anarquismo? ¿Es una pura negación? Ya vimos que los aportes que el anarquismo ha dado no pareciera que fuera puramente negación. Sucede que el anarquismo es una pulsión visceral por la justicia, por la libertad, por la igualdad, que lleva a oponerse a todas las formas que el poder ha mostrado que es capaz de inventar para consolidar diversos modos de sumisión y dominio sobre los seres humanos. Esto es lo que niega, niega todas las formas de poder de uno sobre otros, niega al Estado que es la máxima expresión de ese poder, gran factotum de toda violencia, niega la representación porque el individuo autónomo puede hablar por sí mismo y los únicos que necesitan representantes son los niños, niega el orden que tiene por objeto el sometimiento, como el de las democracias liberales y mucho más los regímenes autoritarios, marxistas o dictaduras de derecha. Pero no niega el orden en sí mismo, porque todo sistema anarquista ha sido siempre una compleja y ordenada organización. Sólo que esa ha sido siempre una organización de abajo hacia arriba porque, como decía Proudhon, Poned a San Vicente de Paul en el poder y se hará un dictador. En el socialismo libertario hay un nuevo orden de organización, y a los nuevos modelos de ordenamiento los conservadores, los que se aferran a las viejas estructuras por ignorancia, en beneficio de sus intereses mezquinos o por ambas cosas, siempre lo han catalogado de desorden. Sócrates fue acusado de desorden, los cínicos lo fueron, los cristianos lo fueron, los bárbaros lo fueron, los burgueses capitalistas lo fueron, los bolcheviques lo fueron y los anarquistas lo hemos sido siempre.

Otra característica que el anarquismo defiende, y por la que ha sido acusado, es la de espontaneísmo, en confiar en la espontaneidad en eso que llaman despectivamente las masas sin dirección. Sucede que el anarquismo confía en el ser humano, considera que no hay razón alguna para pensar que es malo, torpe, inútil, y que debe ser guiado hacia su propia felicidad, como si fuera un infradotado. Por eso es que hace que la revolución deba ser un proceso que va de abajo hacia arriba, sin imposiciones, sin iluminados, claro que cometiendo errores, pero ¿quién no los comete? En este respeto a todos y cada uno, ni siquiera se admite peso extraordinario a las vanguardias, no porque no haya siempre personas o grupos que marchen delante, sino porque niega el protagonismo de las vanguardias. Siempre hay quienes, por méritos de sus ideas, palabras o acciones, son la cabeza, pero la cabeza no debe pretender ser los pulmones, el hígado o los cojones de ningún movimiento social colectivo. Puede que alguien sea la partera de una revolución, pero la partera no puede pretender ser el padre, la madre, dueña del hijo, su tutor y la mandamás de los bienes de la familia. Como decía Diego Abad de Santillán Una revolución debe suscitar energías y dejar el campo libre a todas las iniciativas fecundas; no debe ser una fuerza de regimentación y de tiranía si quiere afirmarse en la senda del progreso social. Ninguna dictadura ha sido jamás creadora…aunque fuera una ejercida por nosotros. Kropotkin se reía de quienes pensaban que la gente son hordas de salvajes que, sin el gobierno de los elegidos, se desbocarían en cuanto el Estado desapareciera, como si en la naturaleza humana hubiera un miedo a la libertad, tal como lo dijera Malatesta mucho antes que Fromm y los psicoanalistas.

En esta importancia que el anarquismo le da al sujeto, no debe confundirse con que esa importancia se adjudique solamente a la voluntad del sujeto. Precisamente, esa es la diferencia con los movimientos fascistas, que afincan su aceptación en el elogio al ciego voluntarismo, al vamos a hacer esto y aquello, juntos lo haremos, con la mera fuerzas de nuestras voluntades siguiendo la mente del Supremo Elegido. Por supuesto que no se niega el papel de la voluntad, porque reivindicando la libertad en oposición al determinismo histórico, no se piensa que la revolución sea inexorable, como sostenía el marxismo y que parece que no lo es porque, en los asuntos humanos, no hay un determinismo necesario por el que los mismos antecedentes den origen a las mismas consecuencias. Parodiando a Kant podríamos decir que un intelecto sin voluntad es inoperante y una voluntad sin intelecto una fuerza ciega.

Para el anarquismo, el papel de los seres humanos libres en los asuntos sociales es importante, cualesquiera sean los análisis que dicte la teoría del Maestro de turno. Para el anarquismo, la vida política no es puramente teoría que se impone a la práctica, ni es práctica que ignore la teoría sino un proceso de permanente retroalimentación y por eso es un pensamiento abierto a las nuevas ideas y a las nuevas experiencias. En especial porque antes de hacer la revolución hay que descargarse del pesado fardo de la educación que le han impuesto la cultura y los educadores en beneficio de la sumisión, a favor del poder y del gobierno, de los prejuicios a favor de principios morales perversos. Por eso, el anarquismo apoya en todos y cada uno la sólida formación intelectual, la clara interpretación social de lo que sucede en el entorno humano, una permanente revisión del pasado histórico, una constante vigilia del camino que se transita al futuro, de manera de tomar las mejores opciones que se puedan en cada momento y realizar las rectificaciones adecuadas que necesariamente tienen que ser decisiones colectivas.

Porque el anarquismo es esencialmente social y hasta el más individualista de los anarquistas, Stirner, decía La sociedad se sirve de ti, pero tu te sirves de la asociación. En este sentido, para los anarquistas, una asociación humana sólo es fecunda cuando no destruye al individuo sino que lo enaltece, fomenta su iniciativa, estimula su capacidad creadora, promueve el desarrollo de sus virtudes y sólo este tipo de individuos puede hacer que la asociación sea fecunda. La búsqueda de esta armonía, de romper lo que parece un círculo, forma parte del esfuerzo más importante que han hecho los anarquistas y en buena medida lo han logrado en sus prácticas. No hay movimiento alguno que haya asumido el rol social del individuo como lo expresa Bakunin cuando dijo No puedo ser libre en tanto todo hombre y toda mujer que me rodea no lo sea. El anarquismo es el único movimiento que reclama que mi libertad no termina donde empieza la de mi vecino sino que, precisamente, se extiende con la del vecino, como se extiende mi conocimiento, mi seguridad, mis posibilidades de desarrollar mis capacidades, de ser virtuoso y feliz. Porque el anarquismo entiende que el ser humano, cuyo objeto es ser feliz, siente placer en ser con los otros, vivir y decidir con los otros y ésta es también una razón para estar contra el Estado. ¿Por qué hacer algo obligatorio, en respuesta a una coacción, cuando puedo hacerlo en libertad y disfrutar lo que me hace virtuoso y feliz? Entre ser virtuosos en la solidaridad y ser sumisos ciudadanos de un gobierno militar que ostenta el poder del Estado, preferimos ser virtuosos construyendo una sociedad ética. Porque no hay más contrario a una sociedad ética que una sociedad regulada por un poder que determina las leyes que coactivamente han de regular nuestra conducta.

Esta relación social es lo que impide que el anarquismo epistemológico de Feyerabend pueda convertirse en un anarquismo político. Porque muchos, especialmente en el ambiente universitario, han adoptado esta posición del todo vale para transformarse en algo así como el Genio Maligno cartesiano social, que todo critica desde una posición en la que no parece comprometido y, paralelamente, descargar la culpa moral de mantenerse ajenos. Si así fuera, la meta de los anarquistas sería solamente asustar a los serios burgueses y no es así. Puede que, como dice el mismo Feyerabend, algún día todo se venga abajo y entonces todos seremos anarquistas. Suena impactante, pero la historia de la gente pasa por preocupaciones que son algo más importantes que slogans efectistas. No hay absolutos, pero tampoco hay absurdos, porque la meta es la construcción de una sociedad libre, igualitaria, sin divisiones ni clases, sin poderes pero con autoridades derivadas de las virtudes de cada uno. La pura destrucción, decía Bakunin, no tiene sentido si no construimos algo en su lugar que sea mejor y no todo vale para construir ya que la libertad exige el compromiso y la responsabilidad.

Esta supuesta identificación con la destrucción asocia al anarquismo con posiciones terroristas adoptadas por muchos militantes, y también por pseudo militantes. En este sentido, no puede decirse que esté en la esencia del anarquismo la violencia, porque nada hay en sus fundamentos que así lo muestre. Basta para apoyar esto que el anarquismo no lucha por la toma del poder, sino por su disolución, y que su revolución es una que es de abajo hacia arriba, lo que implica que no puede imponerse por la violencia, ni por ningún otro medio. Como todo lo que se construye y eleva, desde una mata hasta una casa, se crece desde abajo hacia arriba. El anarquista pretende convencer, no vencer ni imponer. Pero tampoco hemos de negar que el anarquismo no puede, ni quiere, asociarse con un pacifismo a ultranza, porque si hay que luchar, se lucha y se ha mostrado con creces. En este sentido, bien podemos decir que la violencia es un asunto tan serio, siempre muy asociada a hechos concretos, como para que se tomen posiciones teóricas independientes de las circunstancias o caemos en una moral como la kantiana, que el mismo Kant dijo que probablemente así nunca hubiera habido un hombre moralmente bueno. Se trata de un asunto ético y, como tal, debe resultar de una posición tomado por todos entre todos, atendiendo a la circunstancia en la que el sujeto está inserto y lo influye. Lo que si podemos decir que ha caracterizado al anarquismo es que su violencia ha sido generalmente orientada a figuras puntuales, muchas veces culpables de atrocidades o símbolo de atrocidades, pero nunca ha sido una violencia indiscriminada, ni con fines de aterrorizar.

Una de las razones por las que el anarquismo, aunque no lo rechaza, no puede estar a favor del terrorismo es esta posición ética que podemos resumir en ese refrán que dice lo que va a salir, se asoma. Un movimiento que se asoma violento, nunca puede ser camino a una paz que no sea la de los cementerios. Lejos está el anarquismo de proponer una sociedad violenta, de dominio y poder, como para plantearse lograrla mediante la violencia y el poder de la fuerza. En este sentido, hemos de dejar sentado que una de las características que se destacan en el movimiento anarquista es el principio que el fin no justifica los medios sino que son los medios los que justifican el fin. Esto lo diferencia de diferencia de todo otro movimiento político, y hoy se entiende por política la toma del poder, que hace que la toma del poder justifique cualquier tipo de acciones, mentiras, engaños, violencias y demás. Incluso, como bien decía Orwell en 1984, poder re-escribir la historia; por eso escuchamos decir en Caracas, en el Día de la Resistencia Indígena, que nuestros hermanos indios vencieron a quienes el mismo personaje en España calificó como nuestros hermanos españoles, por lo que la conquista parece casi una guerra civil. El poder permite hasta el absurdo que se aplaude. El anarquismo rechaza que el fin pueda alcanzarse de cualquier manera. Importa llegar a la revolución, pero también importa la manera en que se llega, porque la revolución no es una panacea que causa la transformación de los hombres sino que es efecto, resultado de la trasformación de los hombres que la hacen suya. La revolución, y el socialismo, aunque a muchos en su simplicidad les entusiasme, no se decretan ni se imponen. Los ejemplos sobran.

En lo económico, el capitalismo tal como está vigente, sigue siendo el enemigo. Pero también lo es el capitalismo de Estado, en el que la diferencia con el otro es que en el capitalismo hay muchos dueños y en el de Estado sólo el dueño del poder y su grupo de secuaces. Ante quienes pensaban que el capitalismo no podía sostenerse por su carga de miseria, que la tiene, o que no podía dar de comer a muchos, ha mostrado que puede más que la mayoría de las alternativas que se han ofrecido, aunque no por ello deja de ser objetable y abominable. En este sentido, el anarquismo no tiene una propuesta que sea capaz de reemplazarlo, cuando las grandes mayorías lo han adoptado, desde las que eran capitalistas antes, o en los nuevos capitalismos como el chino o el ruso. El anarquismo entiende, como ha sido siempre, que las nuevas ideas respecto al manejo de la economía tienen que surgir de intentos, ensayos, de la experiencia de muchas opciones que puedan pensarse, ensayarse, consultarse, pero siempre mancomunadamente. Y por eso en nada nos limitamos y entre los libertarios hay defensores de las miles de formas de desarrollar la economía que se han pensado. Pero sabemos que en un mundo capitalista, no se puede dejar de serlo por una decisión de la voluntad, sino cuando una porción importante de la gente construya una alternativa mejor. Todo lo otro es retórica. Si se estima que el capitalismo es algo que hay que dejar atrás, no creo que lo podemos hacer rescatando el feudalismo al que el capitalismo superó ni resucitando el capitalismo de Estado, que desafió sin éxito al capitalismo. Claro es que, entre nosotros, podremos disfrutar de esas ilusiones mientras el capitalismo petrolero permita engañar intelectos y comprar voluntades. Será pan para hoy, hambre para mañana.


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